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Pascua Domingo - De Marcha La 23 De 2008 - La Iglesia Episcopal de San Cristobal La mayoría de los días en corte juvenile paso largos tiempos mirando a la gente mientras espero que llamen mi caso. Las caras, especialmente, me fascinan. Hay las caras de los ofensores juveniles, siempre temorosos, a veces cubiertos de una leve capa de prepotencia o escondida bajo insolencia. A veces tienen los ojos vacíos de esperanza, y eso siempre me torna un nudo por dentro. Las caras de los padres también son temorosos, temorosos por sus hijos, temorosos del sistema judicial, temorosos de lo que ha de pasar y lo que pasó. También son caras de amor, frustración, y alivio. A veces solo parecen caras de coraje. Los jueces, los oficiales de la corte, los abogados, para ellos es la materia de su vida diaria. Pero aún así, de vez en cuando viene un caso que les alumbra el rostro con deleite o cansancio, o a veces algo más. Hoy tuve un tal caso. Ahí estaba el ofensor juvenile, atrapado después de que él y un amigo atacaron, golpearon y robaron a una mujer. Asomábase su corazón castigado, con la cabeza hincada. Ahí estaba también la víctima en una silla de ruedas en la cual ha de vivir por algunos meses, su cara tranquila. Ahí estaba los padres de la victim, quienes habían dejado todo y pasado a vivir en casa de su hija para cocinar, limpiar, llevar sis nietos a la escuela, y hacer cualquier cosa necesaria en este tiempo de tanta necesidad. Y ahí delante de mí estaba el papa y la mama del ofensor. Si el quebranto tuviera cara la miraba duplicada. La sesión fue breve. La víctima había participado en un arreglo legal poque quería asegurarse que—junto con el castigo—el muchacho recibiera ayuda y una opción para la esperanza. El atacante volvió hacia la mujer y pidió perdón. Con voz insegura la dio las gracias por ayudarle a alcanzar una segunda oportunidad. La cara del juez alternaba, batallando entre compassion y severidad. Aprobó el arreglo. Los padres del muchacho pidieron permiso para hablar. La madre le pidió perdón a la víctima por lo que ellos como padres habrán faltado para inculcar en su hijo algo mejor. El padre, también con la voz temblando, agradeció a la mujer por darle a su hijo otra oportunidad. –Hay un Dios grande, le dijo, y El le sanará. Con esto se le acabó la voz y, callado, incline la cabeza. Y luego, al vilverme a salir, vi un movimiento en la sección de observadores en la cámara. Los padres de la víctima se pusieron de pie juntos, y con los ojos llenos de misericordia, extendieron los brazos hacia los padres del atacante. Y mientras se abrazaban de un lado al otro del riel de la cámara, me pareció que veía la cara de Dios. Fr. Paul Moore+ |
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